Colibríes, iluminación con multiflash versus iluminación natural

Todos hemos visto muchas veces fotos de colibríes realizadas con la técnica de multiflash, imagines espectaculares y desbordantes de realismo, y como contrapartida, fotos hechas con luz natural, en este caso la calidad es muy limitada. Las razones son muy sencillas, estos pajarillos son como pequeños demonios que enseguida nos disuaden de intentar captarles, rapidísimos e imprevisibles en sus vuelos.

Después de unos días fotografiando colibríes en Costa Rica, con la técnica de multiflash con Inma Rubia, Ana gil y Alfonso Micó, en el lodge que un holandés encantador, willy, tiene en los Bajos del toro (un lugar de ensueño que recomiendo a cualquiera), los resultados fueron muy superiores a lo que nos esperábamos, una larga colección de imágenes que nos dejaron sentado el concepto "inamovible" de que la fotografia en alta velocidad es sin duda el procedimiento mas adecuado para fotografiar a estos animalillos. 

Desde entonces he hablado con muchos aficionados que se plantean fotografiarlos, y el problema siempre es el mismo, el enorme equipaje que generan tantos flashes, trípodes rótulas y demás accesorios, que acaban disuadiendo a muchos.

Sin embargo, en mi ultimo (de momento) viaje a Costa Rica, en esta ocasión con mis amigos Luis Cuaresma, Julio Ortega y Eduardo Cabrero, este concepto quedó en cuarentena. Yo les había comentado el problema del pesado quipaje que implica hacer fotografías en alta velocidad y hablamos decidido que en Costa Rica hay muchas aves y que podiamos prescindir de los colibríes, de este modo iríamos mucho mas ligeros de equipaje.

Pero a veces la sorpresa surge de donde menos te lo esperas, estábamos en el lodge Mirador de Quetzales esperando que llegara nuestro guía, que nos acompañaria esa tarde y la mañana siguiente a buscar al quetzal. y nos entreteníamos mirando el vuelo sorprendente de un grupito de colibríes cuando al fin llego el guía, que nos vio lo entretenidos que estábamos y sin saludar ni mas presentación, saco una jeringuilla que traía en su mochila, la llenó con agua azucarada  y se fue a buscar unas flores por el jardín, en poco tiempo volvió, coloco las flores donde mejor le pareció y las impregnó del agua con azúcar de la jeringuilla.

El resultado fue una explosión, los colibríes se lanzaban como posesos a por el azúcar, incluso, y esto si que me costo procesarlo, los colibríes perseguían la jeringuilla y la picaban intentando sacarle el agua.

Con este espectáculo delante, no necesitó decirnos nada, montamos las camaras en sus trípodes y allí nos dio el anochecer haciendo fotos como locos.

El resultado???...otra vez largas conversaciones y en este caso ruptura de paradigmas, las fotos con luz natural podían tener una calidad diferente pero equiparables a las del multiflash, quizás no tan limpias, pero en contrapartida, mas naturales y expresando mejor y con mas fuerza las irisaciones de las plumas. Al final quedó en lo de siempre, es cuestión de gustos, y por eso he decidido escribir este post para mostraros fotos con las dos técnicas, bajo cada foto pondré la técnica empleada y vosotros decidiréis lo que le gusta mas a cada cual, me gustaría saber vuestras opiniones

 foto con luz narural

foto con luz narural

 foto con luz natural   

foto con luz natural

 

 foto con luz natural

foto con luz natural

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 foto con luz natural

foto con luz natural

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foto con luz natural

 

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foto con luz natural

 

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CUESTIÓN DE INTELIGENCIA, CUESTIÓN DE HIGIENE

Florencio tenía unos 75 años cuando ocurrió lo que os comentaré en este post. Lo cierto es que me llamó la atención desde el primer día en que le vi. Tenía una manera de hablar indescriptible, y lo que es peor, incomprensible. No es que fuera desagradable, incluso alguna vez me sorprendí a mi mismo como hipnotizado por su idioma personal, poniendo todo el interés del mundo en comprender algo de lo que decía, pero esto era empresa inalcanzable. Por más que pregunté a la gente del pueblo, no di con ninguno que le entendiera. Bueno, uno sí... su hermano Celestino, aunque aún a día de hoy no sé muy bien si le comprendía o era simple telepatía.

Eran Florencio y Celestino dos personajes singulares, hacía unos años que se había muerto su hermana, con la que vivían  en la misma casa, y desde entonces se fueron haciendo más evidentes su defectos y sus virtudes. Nadie negaba a primer golpe de vista que la inteligencia no era una de sus principales virtudes, pero no estaban faltos de una especie de talento con el cual simplificaban los problemas y acababan dándole soluciones palmarias y eficaces.

Entre sus defectos no era el menor su aversión por la higiene. Celestino tenía un jersey a rayas negras y azules que no le vi cambiar en todos los años que le traté (lo cual también tiene su mérito, algún mecanismo extraño de limpieza tenía que tener, porque lo cierto es que tampoco parecía tan sucio). Lo de Florencio en cambio era mas evidente, no es que ignorase la higiene, sino que le tenia declarada la guerra frontal.

Pues bien, estos dos rasgos de su carácter, la inteligencia y la higiene, se juntaron en los hechos que pasaré a relatar a continuación.

Un día a Florencio le dio uno de sus frecuentes "achuchones" con más fuerza de lo normal, y acabó ingresado en el hospital. Todos los días venia Celestino por mi consulta a comentarme cómo estaba su hermano, y era un rato que yo me tomaba como un descanso (no en vano, Celestino era una de esas personas poco comunes que caían bien a todo el mundo sin que nadie supiera bien por qué).

Quizás en eso tuviera algo que ver su peculiar sentido de la corrección, ya que siempre entraba a la consulta con una amplia sonrisa y lo primero que decía era:

- Buenos días Don jose Ramon, ¿qué tal está?

- Muy bien, Celes, muy bien

- Y la familia?

- Todos bien, Celes, muchas gracias

Y así unas cuantas preguntas de cortesía más que yo nunca osé interrumpir.

En esta ocasión, a su primer descanso aproveché para preguntarle por su hermano, y la respuesta fue algo sorprendente, "muy bien, muy bien, va mejorando mucho, incluso las enfermeras (que son majísimas) han conseguido que se deje bañar todos los días, parece otro..."

Y así iban pasando los días, hasta que un día entró Celes a la consulta con el rostro radiante. Tan contento estaba que hasta se saltó sus fórmulas de cortesía y me informó directísimamente:

- Ya esta en casa Florencio

- Hombre, me alegro mucho, me pasare luego a verle, ¿qué tal está?

- Cuando le vea no le va a reconocer, esta muchísimo mejor, hasta casi le ha cogido el gusto a los baños. Las enfermeras y los médicos le han convencido de que tiene que bañarse todos los días y parece que lo ha entendido, dice que lo hará.

Fui a verle en su casa ese día y casi no me lo pude creer, tenia el cutis finísimo y realmente parecía otro. Al verme tan contento me dijo Florencio, "no se lo crea del todo, éste seguro que recae en pocos días...", y así fue, dos días después apareció como siempre Celestino por la consulta y me dijo: 

- Ya no se baña...

- Me lo temía, le dije, y nos fuimos juntos a verle a casa. 

Y aquí apareció la magia de su extraña y portentosa inteligencia, nos sorprendió con un razonamiento de esos que no dejan lugar a respuesta, contundente y palmario, me lo tradujo Celestino, no podía ser de otra manera :

- Don José Ramón, dice que lo de bañarse todos los días está muy bien en el hospital...pero que ha pensado que para qué se va  a bañar todos los días...¡SI TODAVIA NO TIENE "BROZA"!.

Nos miramos Celestino y yo, me hizo un gesto de pasmo e impotencia y yo le respondí con otro de "qué se le va a hacer" y, sin más, me fui a seguir con la consulta.

Hay argumentos que no admiten replica.

 

 

Mi primer trabajo.

Allá por el año 1983, recién acabada la carrera de Medicina y recién aprobada la oposición de médico titular, estaba esperando la adjudicación de plaza y, mientras, acepté mi primer trabajo, una sustitución en un pueblo de los denominados "villas pasiegas" en medio de enormes montañas. A poco más de un kilometro estaba otro pueblo semejante y al que temporalmente atendía otro medico de mi promoción, Agustin, por sustitución del titular, Don Florentin, que estaba de vacaciones. Solíamos comer juntos y hablábamos entonces de los apuros que pasábamos; no es cualquier tontería atender una población de dos mil habitantes en plena temporada de fiestas, tú solo y con cero experiencia.

Un día en que mi compañero tardaba más de la cuenta, mientras le esperaba para comer, me entretenía mirando las montañas que tenía de frente en un ventanal del restaurante. Por sus laderas se veían cabañas que muy bien podían haber sido la de Heidi y me trataba de imaginar lo que sería tener que atender una urgencia allí.

Al fin, después de haberme decidido yo a comer solo, aparece  el pobre Agustin; venía demudado, con aspecto de haberse dado una paliza soberana. Le pregunté qué había pasado y la respuesta fue realmente tragicómica. Le habían llamado a primera hora de la mañana para que fuera a visitar a una anciana, que decían que se moría. Cuando preguntó por el domicilio, para su sorpresa, le señalaron la más alta de las cabañas que yo había estado mirando. Maldiciendo todo por dentro pero con el animo que aporta la juventud y el inicio del ejercicio profesional, cogió su maletín y le dijo al que le había venido a buscar que le guiara, que no conocía el camino, a lo que el hombre le dijo que precisamente para eso había venido, que no era fácil.

Así, con ánimo decreciente a medida que avanzaba  por la empinada montaña, se pasaron hora y media subiendo. Me decía que él miraba al guía, que aparentaba tener unos 40 años (un anciano para nuestra edad de entonces), y que cada vez se sorprendía más de la facilidad con que subía. En cambio, él pronto notó que la respiración se había convertido en un ruido como el de un tren de esos antiguos que resoplaban vapor y languidecían en su difícil marcha. Llegó un momento en que ya no veía nada, le dolían todos los músculos de las piernas y ya ni se avergonzaba de que su guía le dijera cosas referentes a su estado de forma tan deficiente. Y así tiempo...y tiempo...y dolor de piernas. Al final llegaron a la cabaña, o eso le dijeron porque él tuvo el tiempo justo de darse cuenta de que no veía, que se le iba marchando también la audición y así hasta que perdió toda conciencia de quién era y dónde estaba.

La siguiente conexión que tuvo con el mundo real le dejó perplejo, entre el aturdimiento que seguía sintiendo por la paliza, poco a poco fue dándose cuenta de que estaba tumbado, en una cama desconocida...y al mirar a su costado...¡ LA VIEJA!... acostada a su lado estaba una viejecita con todos los años del mundo encima, que le miraba con no menos asombro del que él la miraba a ella.

¡Ya!, ya despierta, empezaron a decir los familiares mientras le ayudaban  a incorporase; él, sin sentirse capaz de decir nada, les escuchaba, y le fueron contando que al llegar a la casa se había desmayado del cansancio y que lo primero que se les ocurrió fue meterle en la cama con la vieja hasta que se recuperó.

Me siguió contando el trago, las risitas de los familiares, la risa franca de la vieja, a la que luego atendió como pudo, y que, por cierto, ya no se moría. Lo más gracioso es que, le dijeron entonces que, si llegan a saber que estaba en tan mala forma, le habrían bajado a buscar con una caballeria, ya que no lo habían hecho porque Don Florentin con sus cincuenta y tantos años subía siempre sin problemas.

Ese día Agustin no comió, yo procuré no reírme demasiado y él fue digiriendo su vergüenza, mientras iba sacando fuerzas de flaqueza para atender a todos los pacientes que había dejado desasistidos por la mañana.

Por si alguien había pensado que la vida del médico de pueblo es un chollo.

 

 

 

 

Al fin funciona el blog

Al fin funciona el blog. Muchas veces me había propuesto conseguirlo pero siempre acababan en un fracaso. Hoy, por fin, el blog funciona y se crea el primer problema: ¿y ahora... qué cuento yo?. Es la primera pregunta a la que hay que dar respuesta y la decisión final es abrir una línea de anécdotas, de esas cosas que te ocurren de vez en cuando en la vida y que, sin ser nada del otro mundo, te apetece contar a los amigos antes de que caigan en el olvido.

Así pues, os contaré lo que ocurrió un día, al poco de empezar a trabajar como médico en un pueblecito castellano, casi una aldea, donde ejercí durante 33 años. Disfrutaba por aquellos días mis primeras vacaciones y me hacía la sustitución mi mujer, así todo quedaba en casa, eran otros tiempos. 

Yo me acercaba a buscarla cuando suponía que ya iba terminando la consulta y me llamó la atención  la gente que esperaba fuera para entrar. Formaban dos grupos bien diferenciados: por un lado, las mujeres, como diez o doce, todas juntas y  con aspecto de estar muy divertidas. Por otro lado, los hombres, en otro grupo y no menos risueños. Cuando paré el coche, uno de ellos se acercó a mi, entre divertido y avergonzado, y me dijo:

       - Don José Ramón, tiene usted que ver al Carmelo (por supuesto, es un nombre falso).

       - Le respondo: ni hablar, estoy de vacaciones y le verá mi mujer.

        - No no, Don Ramón, lo que le pasa no lo puede ver una mujer, le ha picado una avispa justo en la punta del pito y lo tiene muy feo.

Me sorprendió lo suficiente como para que me prestara a verle, y al levantar la mirada veo al grupo de mujeres, ahora francamente risueñas, y el de los hombres entre divertidos y preocupados. Se hacían idea del dolor del pobre Carmelo y afloraba la solidaridad de género.

Les digo que no puedo verle en medio de la calle y que mi mujer está ocupando la consulta.  Para mi sorpresa, rápidamente se movilizan, el que me trajo el mensaje se vuelve hacia los demás y les dice: venid para acá, que hacemos un circulo para que vea al Carmelo

En menos tiempo de lo que tardo en contarlo forman entre todos un círculo en medio de la calle y, en el centro, como toro y torero en el ruedo, el Carmelo y yo frente a frente. Una situación surrealista, miro al pobre Carmelo, atemorizado,  después miro a los hombres que formando el círculo van subiendo el tono festivo de los comentarios y,  por ultimo, miro en dirección al grupo de mujeres, y allí el pitorreo ya es evidente

       - Bueno, Carmelo, le pregunto, ¿qué ha pasado exactamente?

Me mira, riéndose, no se muy bien si le hace gracia la situación (hay que reconocer que era el protagonista absoluto de la mañana y eso es importante), o si en realidad reía por no llorar. Entre la expectación de todos, se saca sin más lo que en una primera mirada me pareció una morcilla de Burgos (tanto por el color como por el tamaño) y empezaron a oirse exclamaciones de admiración y sorpresa.

        - "¡Caramba , Carmelo!", le digo, y se me debió de poner en ese momento tal cara de pasmo que ya se desataron las risas incontroladas en los presentes, "¿qué has hecho para tener eso así?".

       - Pues mire usted, estaba en la viña vendimiando, ya sabe  que los días de vendimia las avispas están por todas partes, y me entraron ganas de orinar, así que saque el pito y allí mismo me puse a orinar. La  sorpresa fue que una avispa cabrona salió de no se donde y visto y no visto, me picó justo en la punta y mire cómo me lo ha puesto.

       - Respuesta mía inmediata: "joder, Carmelo, esto lo tiene que ver mi mujer". Y claro, era de suponer, estalló un jolgorio en el que ya todos empezaron impúdicamente a hacer cada uno su comentario al respecto.  Hubo comentarios para todos los gustos, pero solo recuerdo ya el del simpático de turno que explicó detalladamente como a una mujer del pueblo le había picado una vez una avispa, mientras estaba ocupada también en aliviar la vejiga, y también la había picado justo en mitad del medio (terribles las avispas en vendimia, tomé buena nota de ello).

Las mujeres estaban ya en franco desparrame, se reían de una manera incontrolada y los hombres tampoco se recataban mucho más. Aquello amenazaba con descontrolarse, así que me llevé al pobre Carmelo a la consulta, le enseñé la "morcilla" a mi mujer y, mientras ella iba digiriendo su asombro, preparé las inyecciones pertinentes y se las puse.

Al día siguiente vino a revisión, con la inflamación muy mejorada y el ánimo mas aliviado, tuvo que volver varios días pero ya iba subiendo su confianza hasta el punto que el cuarto día, y aun con una inflamación no despreciable, dice: oiga...¿y no podríamos dejar ya el tratamiento y que se quedara así?...En ese momento le di el alta...

Un duro castellano viejo el bueno de Carmelo.