Mi primer trabajo.

Allá por el año 1983, recién acabada la carrera de Medicina y recién aprobada la oposición de médico titular, estaba esperando la adjudicación de plaza y, mientras, acepté mi primer trabajo, una sustitución en un pueblo de los denominados "villas pasiegas" en medio de enormes montañas. A poco más de un kilometro estaba otro pueblo semejante y al que temporalmente atendía otro medico de mi promoción, Agustin, por sustitución del titular, Don Florentin, que estaba de vacaciones. Solíamos comer juntos y hablábamos entonces de los apuros que pasábamos; no es cualquier tontería atender una población de dos mil habitantes en plena temporada de fiestas, tú solo y con cero experiencia.

Un día en que mi compañero tardaba más de la cuenta, mientras le esperaba para comer, me entretenía mirando las montañas que tenía de frente en un ventanal del restaurante. Por sus laderas se veían cabañas que muy bien podían haber sido la de Heidi y me trataba de imaginar lo que sería tener que atender una urgencia allí.

Al fin, después de haberme decidido yo a comer solo, aparece  el pobre Agustin; venía demudado, con aspecto de haberse dado una paliza soberana. Le pregunté qué había pasado y la respuesta fue realmente tragicómica. Le habían llamado a primera hora de la mañana para que fuera a visitar a una anciana, que decían que se moría. Cuando preguntó por el domicilio, para su sorpresa, le señalaron la más alta de las cabañas que yo había estado mirando. Maldiciendo todo por dentro pero con el animo que aporta la juventud y el inicio del ejercicio profesional, cogió su maletín y le dijo al que le había venido a buscar que le guiara, que no conocía el camino, a lo que el hombre le dijo que precisamente para eso había venido, que no era fácil.

Así, con ánimo decreciente a medida que avanzaba  por la empinada montaña, se pasaron hora y media subiendo. Me decía que él miraba al guía, que aparentaba tener unos 40 años (un anciano para nuestra edad de entonces), y que cada vez se sorprendía más de la facilidad con que subía. En cambio, él pronto notó que la respiración se había convertido en un ruido como el de un tren de esos antiguos que resoplaban vapor y languidecían en su difícil marcha. Llegó un momento en que ya no veía nada, le dolían todos los músculos de las piernas y ya ni se avergonzaba de que su guía le dijera cosas referentes a su estado de forma tan deficiente. Y así tiempo...y tiempo...y dolor de piernas. Al final llegaron a la cabaña, o eso le dijeron porque él tuvo el tiempo justo de darse cuenta de que no veía, que se le iba marchando también la audición y así hasta que perdió toda conciencia de quién era y dónde estaba.

La siguiente conexión que tuvo con el mundo real le dejó perplejo, entre el aturdimiento que seguía sintiendo por la paliza, poco a poco fue dándose cuenta de que estaba tumbado, en una cama desconocida...y al mirar a su costado...¡ LA VIEJA!... acostada a su lado estaba una viejecita con todos los años del mundo encima, que le miraba con no menos asombro del que él la miraba a ella.

¡Ya!, ya despierta, empezaron a decir los familiares mientras le ayudaban  a incorporase; él, sin sentirse capaz de decir nada, les escuchaba, y le fueron contando que al llegar a la casa se había desmayado del cansancio y que lo primero que se les ocurrió fue meterle en la cama con la vieja hasta que se recuperó.

Me siguió contando el trago, las risitas de los familiares, la risa franca de la vieja, a la que luego atendió como pudo, y que, por cierto, ya no se moría. Lo más gracioso es que, le dijeron entonces que, si llegan a saber que estaba en tan mala forma, le habrían bajado a buscar con una caballeria, ya que no lo habían hecho porque Don Florentin con sus cincuenta y tantos años subía siempre sin problemas.

Ese día Agustin no comió, yo procuré no reírme demasiado y él fue digiriendo su vergüenza, mientras iba sacando fuerzas de flaqueza para atender a todos los pacientes que había dejado desasistidos por la mañana.

Por si alguien había pensado que la vida del médico de pueblo es un chollo.