Al fin funciona el blog

Al fin funciona el blog. Muchas veces me había propuesto conseguirlo pero siempre acababan en un fracaso. Hoy, por fin, el blog funciona y se crea el primer problema: ¿y ahora... qué cuento yo?. Es la primera pregunta a la que hay que dar respuesta y la decisión final es abrir una línea de anécdotas, de esas cosas que te ocurren de vez en cuando en la vida y que, sin ser nada del otro mundo, te apetece contar a los amigos antes de que caigan en el olvido.

Así pues, os contaré lo que ocurrió un día, al poco de empezar a trabajar como médico en un pueblecito castellano, casi una aldea, donde ejercí durante 33 años. Disfrutaba por aquellos días mis primeras vacaciones y me hacía la sustitución mi mujer, así todo quedaba en casa, eran otros tiempos. 

Yo me acercaba a buscarla cuando suponía que ya iba terminando la consulta y me llamó la atención  la gente que esperaba fuera para entrar. Formaban dos grupos bien diferenciados: por un lado, las mujeres, como diez o doce, todas juntas y  con aspecto de estar muy divertidas. Por otro lado, los hombres, en otro grupo y no menos risueños. Cuando paré el coche, uno de ellos se acercó a mi, entre divertido y avergonzado, y me dijo:

       - Don José Ramón, tiene usted que ver al Carmelo (por supuesto, es un nombre falso).

       - Le respondo: ni hablar, estoy de vacaciones y le verá mi mujer.

        - No no, Don Ramón, lo que le pasa no lo puede ver una mujer, le ha picado una avispa justo en la punta del pito y lo tiene muy feo.

Me sorprendió lo suficiente como para que me prestara a verle, y al levantar la mirada veo al grupo de mujeres, ahora francamente risueñas, y el de los hombres entre divertidos y preocupados. Se hacían idea del dolor del pobre Carmelo y afloraba la solidaridad de género.

Les digo que no puedo verle en medio de la calle y que mi mujer está ocupando la consulta.  Para mi sorpresa, rápidamente se movilizan, el que me trajo el mensaje se vuelve hacia los demás y les dice: venid para acá, que hacemos un circulo para que vea al Carmelo

En menos tiempo de lo que tardo en contarlo forman entre todos un círculo en medio de la calle y, en el centro, como toro y torero en el ruedo, el Carmelo y yo frente a frente. Una situación surrealista, miro al pobre Carmelo, atemorizado,  después miro a los hombres que formando el círculo van subiendo el tono festivo de los comentarios y,  por ultimo, miro en dirección al grupo de mujeres, y allí el pitorreo ya es evidente

       - Bueno, Carmelo, le pregunto, ¿qué ha pasado exactamente?

Me mira, riéndose, no se muy bien si le hace gracia la situación (hay que reconocer que era el protagonista absoluto de la mañana y eso es importante), o si en realidad reía por no llorar. Entre la expectación de todos, se saca sin más lo que en una primera mirada me pareció una morcilla de Burgos (tanto por el color como por el tamaño) y empezaron a oirse exclamaciones de admiración y sorpresa.

        - "¡Caramba , Carmelo!", le digo, y se me debió de poner en ese momento tal cara de pasmo que ya se desataron las risas incontroladas en los presentes, "¿qué has hecho para tener eso así?".

       - Pues mire usted, estaba en la viña vendimiando, ya sabe  que los días de vendimia las avispas están por todas partes, y me entraron ganas de orinar, así que saque el pito y allí mismo me puse a orinar. La  sorpresa fue que una avispa cabrona salió de no se donde y visto y no visto, me picó justo en la punta y mire cómo me lo ha puesto.

       - Respuesta mía inmediata: "joder, Carmelo, esto lo tiene que ver mi mujer". Y claro, era de suponer, estalló un jolgorio en el que ya todos empezaron impúdicamente a hacer cada uno su comentario al respecto.  Hubo comentarios para todos los gustos, pero solo recuerdo ya el del simpático de turno que explicó detalladamente como a una mujer del pueblo le había picado una vez una avispa, mientras estaba ocupada también en aliviar la vejiga, y también la había picado justo en mitad del medio (terribles las avispas en vendimia, tomé buena nota de ello).

Las mujeres estaban ya en franco desparrame, se reían de una manera incontrolada y los hombres tampoco se recataban mucho más. Aquello amenazaba con descontrolarse, así que me llevé al pobre Carmelo a la consulta, le enseñé la "morcilla" a mi mujer y, mientras ella iba digiriendo su asombro, preparé las inyecciones pertinentes y se las puse.

Al día siguiente vino a revisión, con la inflamación muy mejorada y el ánimo mas aliviado, tuvo que volver varios días pero ya iba subiendo su confianza hasta el punto que el cuarto día, y aun con una inflamación no despreciable, dice: oiga...¿y no podríamos dejar ya el tratamiento y que se quedara así?...En ese momento le di el alta...

Un duro castellano viejo el bueno de Carmelo.