CUESTIÓN DE INTELIGENCIA, CUESTIÓN DE HIGIENE

Florencio tenía unos 75 años cuando ocurrió lo que os comentaré en este post. Lo cierto es que me llamó la atención desde el primer día en que le vi. Tenía una manera de hablar indescriptible, y lo que es peor, incomprensible. No es que fuera desagradable, incluso alguna vez me sorprendí a mi mismo como hipnotizado por su idioma personal, poniendo todo el interés del mundo en comprender algo de lo que decía, pero esto era empresa inalcanzable. Por más que pregunté a la gente del pueblo, no di con ninguno que le entendiera. Bueno, uno sí... su hermano Celestino, aunque aún a día de hoy no sé muy bien si le comprendía o era simple telepatía.

Eran Florencio y Celestino dos personajes singulares, hacía unos años que se había muerto su hermana, con la que vivían  en la misma casa, y desde entonces se fueron haciendo más evidentes su defectos y sus virtudes. Nadie negaba a primer golpe de vista que la inteligencia no era una de sus principales virtudes, pero no estaban faltos de una especie de talento con el cual simplificaban los problemas y acababan dándole soluciones palmarias y eficaces.

Entre sus defectos no era el menor su aversión por la higiene. Celestino tenía un jersey a rayas negras y azules que no le vi cambiar en todos los años que le traté (lo cual también tiene su mérito, algún mecanismo extraño de limpieza tenía que tener, porque lo cierto es que tampoco parecía tan sucio). Lo de Florencio en cambio era mas evidente, no es que ignorase la higiene, sino que le tenia declarada la guerra frontal.

Pues bien, estos dos rasgos de su carácter, la inteligencia y la higiene, se juntaron en los hechos que pasaré a relatar a continuación.

Un día a Florencio le dio uno de sus frecuentes "achuchones" con más fuerza de lo normal, y acabó ingresado en el hospital. Todos los días venia Celestino por mi consulta a comentarme cómo estaba su hermano, y era un rato que yo me tomaba como un descanso (no en vano, Celestino era una de esas personas poco comunes que caían bien a todo el mundo sin que nadie supiera bien por qué).

Quizás en eso tuviera algo que ver su peculiar sentido de la corrección, ya que siempre entraba a la consulta con una amplia sonrisa y lo primero que decía era:

- Buenos días Don jose Ramon, ¿qué tal está?

- Muy bien, Celes, muy bien

- Y la familia?

- Todos bien, Celes, muchas gracias

Y así unas cuantas preguntas de cortesía más que yo nunca osé interrumpir.

En esta ocasión, a su primer descanso aproveché para preguntarle por su hermano, y la respuesta fue algo sorprendente, "muy bien, muy bien, va mejorando mucho, incluso las enfermeras (que son majísimas) han conseguido que se deje bañar todos los días, parece otro..."

Y así iban pasando los días, hasta que un día entró Celes a la consulta con el rostro radiante. Tan contento estaba que hasta se saltó sus fórmulas de cortesía y me informó directísimamente:

- Ya esta en casa Florencio

- Hombre, me alegro mucho, me pasare luego a verle, ¿qué tal está?

- Cuando le vea no le va a reconocer, esta muchísimo mejor, hasta casi le ha cogido el gusto a los baños. Las enfermeras y los médicos le han convencido de que tiene que bañarse todos los días y parece que lo ha entendido, dice que lo hará.

Fui a verle en su casa ese día y casi no me lo pude creer, tenia el cutis finísimo y realmente parecía otro. Al verme tan contento me dijo Florencio, "no se lo crea del todo, éste seguro que recae en pocos días...", y así fue, dos días después apareció como siempre Celestino por la consulta y me dijo: 

- Ya no se baña...

- Me lo temía, le dije, y nos fuimos juntos a verle a casa. 

Y aquí apareció la magia de su extraña y portentosa inteligencia, nos sorprendió con un razonamiento de esos que no dejan lugar a respuesta, contundente y palmario, me lo tradujo Celestino, no podía ser de otra manera :

- Don José Ramón, dice que lo de bañarse todos los días está muy bien en el hospital...pero que ha pensado que para qué se va  a bañar todos los días...¡SI TODAVIA NO TIENE "BROZA"!.

Nos miramos Celestino y yo, me hizo un gesto de pasmo e impotencia y yo le respondí con otro de "qué se le va a hacer" y, sin más, me fui a seguir con la consulta.

Hay argumentos que no admiten replica.